Phantom Corsair ¿qué tienen que ver el coche más raro del mundo y el ketchup?

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¿Es posible imaginar el futuro? Imaginar sí, predecir es más complicado, aunque desde siempre el ser humano se ha propuesto conseguirlo o, al menos, intentarlo… y también en el mundo del motor.

Para el siglo XXI, se esperaban coches voladores, vehículos futuristas y de momento todo son sueños. En los años 30 del pasado siglo, Rust Heinz y Maurie Schwartz se propusieron diseñar cómo sería el futuro del coche.

Así llegó en 1938 The Phantom Corsair. Un coche pensado y diseñado sobre el Cord810 con uno de los chasis más avanzados de la época. Además, contaba con seis asientos, pero solo dos puertas y dos ventanas.

Una carrocería particular, pero con una figura limpia y estilizada, que, incluso, en nuestros días sigue siendo muy “particular”. El diseño, también, planeaba una carrocería moldeada con acero de aviación eléctricamente soldado.

Gracias a esto, el vehículo tan solo pesa unas dos toneladas. Eso sí, una cifra mucho menor a la obtenida si en su construcción se hubieran utilizado materiales tradicionales.

Heinz planificó una producción limitada con un precio de venta estimado en unos 12.500 dólares, pero falleció antes de que finalizara el proceso de fabricación del primer vehículo. Después de una serie de modificaciones, el Phantom Corsair fue presentado finalmente en el Salón de Nueva York de 1939.

El vínculo con el ketchup

Rust Heinz era el hijo del multimillonario H.J. Heinz, fundador y propietario de la compañía que lleva su nombre, dedicada a la fabricación de ketchup y mayonesa. Rust era por entonces un joven ingeniero, formado en Yale, que se había especializado en diseño naval.

Pero el hijo del multimillonario era un apasionado de los coches y quería tener el «vehículo perfecto». Para ello se hizo con los servicios de Bohmann & Schwarzt, los más famosos carroceros de Norteamérica, establecidos en Pasadena (California). Su impetuoso proyecto no gustó a su padre, que se negó a financiar la aventura. Pero el entusiasta Rust convenció a una de sus tías para que le pagara las altísimas facturas y así pudiera financiar esta locura.

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